Siempre hay uno así en cada escuela

México.- Con una mirada sombría y sentado frente a un escritorio lleno de papeles, Justino (cuyo nombre verdadero hemos omitido por petición del mismo entrevistado) nos recibe en su despacho y nos da permiso de realizarle un par de preguntas, siempre y cuando su identidad sea anónima.

“Oiga, profe Rodolfo, ay, digo, Justino, ¿es neta que usted nomás alcanza el éxtasis cuando reprueba a sus alumnos”, pregunta intrigado uno de nuestros enviados especiales. El profe Justino se rasca las barbas, cierra un poco la persiana, prende un cigarrillo y nos cuenta:

“Pero no soy el único, la mayoría de las y los profesores sienten un alto grado de placer y excitación cada vez que reprueban a sus alumnos, y el placer es aún más grande cuando el alumno exige piedad y ruega por pasar la materia… oh, sí, esos son mis favoritos”.

Después de una larga pausa donde el profe Justino aprovechó para liberar serotonina, endorfina, dopamina y vitacilina, nuestro entrevistado confesó que, desde sus primeros años como profesor, comenzó a descubrir el placer de reprobar alumnos, y cómo fue que se inició:

“Los maestros más viejos y con más experiencia son los que instruyen a los jóvenes profesores para que desarrollen este fetiche. Posteriormente, cuando los profesores jóvenes se vuelven viejos, les corresponde forman a las nuevas generaciones de docentes perversos… así que si eres profesor, yo podría ser tu sensei…”

Más tarde, el profe nos cuenta que, al igual que en todo “coitus cachondus” existe un “juego previo”, el juego previo de los profesores suele ocurrir cuando con una voz endemoniada e inesperada dicen: “guarden todas sus cosas y saquen una hoja y un lápiz”, esta frase es un poderoso estimulante sexual, según confesó niestro entrevistado.

Otro de los afrodisiacos más efectivos en la docencia, nos narra Justino, es el de llegar 20 minutos tarde a la clase para hacer pensar a los alumnos que el profe ya no vendrá. Y, cuando la clase ya está guardando sus cosas, el profesor aparece de la nada.

“No sabes cuánto me prende hacer eso de llegar tarde y luego ponerles un examen sorpresa, es el placer infinito”, dice macabramente el profe Justino. Por lo que nuestros enviados especiales deciden huir, pues no pueden con tanta maldad.

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