Fui aficionado del América por una semana y esto fue lo que me robé

Una historia de crimen y pasión

México.- El fútbol es uno de los deportes más populares entre los mexicanos, justo después del robo a mano armada y qué mejor pretexto para asistir a un partido del América en el Estadio Azteca y ver estos dos fenómenos reunidos durante noventa minutos.

Nunca he sido una persona apasionada a este deporte y aunque en mi casa mi familia lo veía cada semana yo prefería dedicarme a la lectura, escuchar rock progresivo, leer cómics, ver cine de culto y demás actividades que dicen hacer las personas mamadoras e insoportables en redes sociales.

Pero todo cambió hasta que un compañero de la redacción me convenció de ir a ver un partido de fútbol en el Azteca para ver a sus águilas del América. Debo confesar que al principio no me agradaba la idea pero mi interés periodístico me obligó a integrarme en ese mundo desconocido para mí.

Al principio tenía miedo, la entrada al estadio es sucia y llena de vendedores ambulantes que comercian diversos artículos piratas que la gente compra gustosa, pero luego recordé que así suele ser el ambiente en los conciertos mamadores a los que voy y pronto entré en confianza.

 

 

Decidí comprarme un jersey del América para utilizarlo de forma irónica y subir una selfie en mi Instagram, pero después de unos segundos sentí un profundo miedo que me llevó a la ira, luego al odio y al sufrimiento, y dos vasos de cerveza después me llevó al lado azulcrema.

Durante el partido me sentí intranquilo, un extraño poder me obligaba a mentarle la madre al árbitro cada que marcaba una falta y a encararme con los aficionados del equipo visitante para demostrarles que era el más grande, a pesar de que estos eran una familia con personas de la tercera edad y niños asustados.

Poco a poco mis sentidos comenzaron a agudizarse y comencé a oler el miedo, a sentir las frecuencias electromagnéticas irradiadas por cada celular en el estadio y un frenético deseo por conducir una motoneta Italika en medio de una calle llena de autos vulnerables.

 

 

Perdí a mi amigo durante un gran lapso del partido y me uní a la barra de la “Monu 16”, quienes al principio me olfatearon y me observaron con recelo, hasta que me hicieron la primera prueba para aceptarme en su manada: robar un celular sin ser capturado.

Gracias a mi sentido radioactivo, pude detectar fácilmente todas las gamas y marcas de celulares e identificar a presas vulnerables y rutas de escape para salir fácilmente. Así que sólo esperé el momento oportuno para atacar.

Minutos después le había entregado a la manada cinco aifon sin chip, por lo que me gané el respeto de los viejos sabios americanistas y un lugar entre ellos, obteniendo un tatuaje casero del escudo de las águilas con “el Cuauh” festejando como símbolo de mi iniciación.

Después del partido salí con los chicos a festejar, cabalgando en las praderas coapenses en nuestras motonetas, la gente nos veía y nos temía. Éramos invencibles. Asaltamos algunos microbuses salvajes sólo por diversión y con las ganancias de lo robado pudimos comprar más caguamas y las entradas para el siguiente partido.

A los americanistas les gusta cazar, para ellos es un estilo de vida que aprenden desde pequeños. No les importa si los títulos de su equipo son comprados o no, ellos aman que los odien, pero también que les teman cuando salen en la noche a vender paletitas o talonear a peatones incautos en la calle.

Pero la vida es un riesgo, carnal, y muchos compañeros caen detenidos y encarcelados injustamente y precisamente esa incertidumbre me llevó a cometer un error. Estaba al acecho de unos elegantes y sofisticados tenis Jordan cuando fui interceptado por mi compañero de la oficina acompañado de unos oficiales que me detuvieron violentamente.

Luché, grité e incluso lloré pero todo fue en vano y mientras los oficiales me llevaban a rastras a la patrulla, los gritos de mi amigo y de algunos americanistas que corrían a rescatarme se fueron diluyendo junto con la música de reggaetón de la bocina de mi Alcatel.

Al día siguiente desperté en el hospital sin mi playera pirata del América. Resultó que me había estallado el cuadro que habitualmente uso para redactar mis notas y todo fue producto de mi imaginación, aunque curiosamente mi amigo americanista ahora utiliza cinco aifon y unos tenis nuevos.

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